Los Magueys


La visión que Chauche nos presenta de los magueyes nos instala en un mundo aparte. Un mundo que viene prestado de la vida y fertilidad vegetal de esta especie y que se desliza hacia un ámbito transfigurado, donde las superficies, las hojas, las afiladas puntas, las espinas se disfrazan de grises, de blancos, de negros y nos aparecen trastocadas.

¿Trastocadas o reveladas? ¿Es éste un radical alejamiento o una particular cercanía? ¿Es un engaño o una verdad palmaria? ¿Es pérdida o encuentro?

La luz que resbala y dibuja las formas, recovecos y aristas, así como la lisura de los magueyes, los atrapa y los congela en una intemporalidad que no caduca y que les implanta en otra dimensión: la estética que, aquí como en ningún momento llega a ser estática. Es simplemente otra.

La tensa arquitectura de estas formas que se abren en espinas y se cierran en párpados es explorada con el cuidado y el silencio necesarios para no alterar su intimidad, su sueño, su eclosión, su timidez, su fuerza y sutileza. Daniel se asoma al verdadero ser de las ya no plantas y ahora personajes que, envueltos de magia, nos cuentan sus historias, nos descubre sus secretos.

Cada una de estas fotografías crea un “mundo” propio en torno a sí. Nos introduce en un juego de niveles –realidad-ficción-, que nos hacen ver, por su entreveramiento, la dualidad que existe entre la extrema realidad y su cercanía con lo ficticio que, la mayoría de las veces, resulta ser lo universalmente cierto.

Ver este portafolio es como respirar profundo y dejarse invadir por la alegría. Y respecto a la alegría, no sé si, desde su raíz etimológica (laetitia), quien haya hecho nuestro idioma, cayó en la cuenta de ese “aleteo” en que el interior se pone cuando ésta nos visita. Tampoco sé si aleteo tiene que ver con “aletheia”, palabra griega para designar la verdad en su dimensión de desvelamiento o descubrimiento.

Encontrarme, desvelar, descubrir, asomarme a estas fotos me pone a vibrar por dentro. Tal vez porque me llevan a casa, me ponen en sintonía o simplemente porque me asombran. Ir a casa, sintonizarse y asombrarse son esas vías de acceso a uno mismo y al universo entero que nos facilitan las obras de arte.

Tanto el aleteo del que hablara Platón al referirse al eros, como la vibración de nuestras íntimas fibras tienen que ver con la alegría y también con la nostalgia. Querría instalarme en un mundo tan bien hecho, tan tierno y tan fuerte, tan completo como estas fotografías y, como no he encontrado aún la manera de hacerlo, qué buenos pasaportes con visa de residente son estas obras de Daniel.

Silvia Herrera, mayo, 2005